Dirigir una empresa en el siglo XXI es mucho más que coordinar proyectos y planes estratégicos. Nadie trabaja como un robot en las empresas de hoy en día. Cada día está más presente entre los altos directivos y mandos intermedios la necesidad de fomentar y controlar la inteligencia emocional en el entorno laboral.

Las emociones condicionan nuestra vida y dedicamos una gran cantidad de tiempo al trabajo. El trabajador que gestiona correctamente las emociones influye directamente en la productividad de la empresa. Más pronto que tarde, los responsables de selección de personal tendrán que añadir, como valor preferencial en la selección, la competencia emocional del candidato.

Si hay empresas emocionalmente inteligentes es porque delante de ellas, siempre delante, hay directivos capaces de valorar la influencia que sus decisiones tienen en sus clientes y en sus empleados. A partes iguales.

A principios de este siglo, la tecnología y la inteligencia emocional se han implantado mejor en las empresas de servicios que en las empresas del sector industrial. El trato directo con el cliente favorece el compromiso y la gestión de los sentimientos para poder ofrecer un valor añadido frente al elevado índice de competencia en el sector. Saber gestionar las emociones suma en la atención al cliente. Siempre. El sector industrial viene despertando del dominio de los sindicatos y empieza a reclamar la necesidad de aplicar en su gestión humana, las emociones.

En el tejido empresarial hacen falta directivos, líderes competentes formados en competencias emocionales para poder afrontar los conflictos con sus trabajadores. Personas que pongan en práctica, a menudo, la empatía, el compromiso y lideren sus negocios con y para las personas. Según D. Goleman si “ignoramos el factor humano estamos condenados al fracaso”. En el mundo global y complejo que nos ha tocado vivir, el progreso de la economía, de las empresas y de las personas dependerá, en buena parte, de las competencias en inteligencia emocional de las personas. Mientras la tecnología propone robots, las empresas tiene que apostar, o seguir apostando por las personas y sus emociones.

Apostemos fuerte por personas que tengan plena consciencia emocional de sí mismos, que sepan gestionas sus emociones, asertivos con los demás y que sepan gestionar las relaciones. Empresas ganadoras con empleados comprometidos porque siente confianza y un compromiso extremo. Y si no dediquemos tiempo al aprendizaje.

Aprender a gestionar las emociones cuando nadie te enseñó a reconocerlas en la adolescencia, no es nada fácil. A trancas y barrancas te acostumbras al cambio hormonal al mismo tiempo que te acechan nuevas sensaciones que no sabes reconocer. Nadie te habló de ellas y son tus emociones, el valor más cotizado en el mercado laboral en la actualidad.

Y para aprender hay que salir a entrenarse como si fuéramos a correr una maratón. Todas las personas pueden desarrollar su inteligencia emocional ya que las habilidades necesarias no son innatas. El concepto aparece a principios de los años 90 cuando Salovery y Mayer descubren después de un estudio, que niños con un coeficiente intelectual no muy elevado, gracias a la gestión de las emociones, obtienen unos muy buenos resultados académicos y un alto índice de sociabilidad. Es en 1995 cuando D, Goleman pone de moda el termino cuando publica Emotional Intelligence.

Hablamos del siglo pasado y solo han transcurrido 20 años.

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Foto de Al King en Flickr Creative Commons